Reglas – ElPropósito3 min read

El marco que impide que el talento se convierta en tribu

Photo by Mateusz Wacławek on Unsplash

Estoy releyendo El Señor de las Moscas de William Golding. No es un libro sobre organizaciones ni sobre equipos de alto rendimiento, pero describe con una precisión inquietante lo que ocurre cuando un grupo de personas capaces pierde el marco que lo sostiene. Las enseñanzas que salen de ahí no son literarias: son organizacionales. Y resultan especialmente útiles para quien lidera o forma parte de equipos que pretenden sostener resultados exigentes en el tiempo.

El alto rendimiento no es el estado natural de un grupo. Es un logro frágil que se construye y se mantiene con esfuerzo deliberado. Cuando un equipo reúne personas capaces, es fácil creer que el talento bastará. Sin embargo, sin un marco claro, el talento se fragmenta, se polariza o se pone al servicio de dinámicas más primitivas (ojo con esto). Las reglas no son el enemigo de la agilidad. Son lo que permite que la agilidad no se convierta en caos.

Un propósito compartido da dirección, pero no se sostiene solo. Necesita ser protegido de forma activa contra las tentaciones más inmediatas: el estatus interno, el control de territorio, la pertenencia al subgrupo poderoso o la evasión de la incomodidad. Cuando el propósito superior se debilita, aparecen otros motivadores más cercanos y más emocionales. El equipo sigue funcionando, pero ya no avanza hacia lo mismo. Empieza a girar alrededor de lealtades personales y de equilibrios de poder.

Las reglas de funcionamiento (cómo se toma la palabra, cómo se decide, cómo se da feedback, cómo se maneja el desacuerdo y quién rinde cuentas, por ejemplo) son el tejido que mantiene la civilidad operativa. Mientras se respetan, incluso las diferencias fuertes pueden procesarse. Cuando se aplican de forma selectiva o se abandonan porque “somos maduros” o “aquí confiamos”, el poder pasa a quien grita más fuerte, intimida mejor o genera más pertenencia emocional. El criterio se reemplaza por la fuerza relativa de cada uno.

El liderazgo carismático sin accountability es especialmente peligroso en este contexto. Genera energía, pertenencia y sensación de movimiento. Pero si no está subordinado a reglas claras y a la disposición de responder por los resultados y por las consecuencias, transforma el miedo y la incertidumbre en herramientas de control. El equipo deja de orientarse por estándares compartidos y empieza a orientarse por la figura central. El alto rendimiento se vuelve dependiente de una persona en lugar de un sistema.

Ignorar o silenciar las voces que aportan razón, datos o disenso tiene un costo alto. Esas voces suelen ser menos carismáticas y más incómodas. Cuando el grupo entra en modo supervivencia o en modo euforia, tiende a marginarlas. Al hacerlo, pierde capacidad de corrección. Un equipo de alto rendimiento necesita tanto la energía que empuja como la lucidez que frena. Sin ambas, la velocidad se convierte en precipitación.

Mantener un equipo de alto rendimiento exige, por tanto, un trabajo continuo sobre el marco: propósito que se protege, reglas que se aplican a todos por igual y accountability real, especialmente de quienes tienen más influencia. Cuando cualquiera de estos elementos se debilita, el equipo no se vuelve más libre ni más creativo. Se vuelve más tribal. Y el talento, en lugar de multiplicarse, se pone al servicio de la supervivencia interna.

¿Qué reglas de funcionamiento en tu equipo se están aplicando de forma selectiva o se han vuelto ambiguas?

Fuerte abrazo y siempre lo mejor,

Rodrigo Baccaro

Author: rodadmin

Share your thoughts