Pasos – ElPropósito6 min read

Una mirada a la inmediatez

Photo by Marcel Strauß on Unsplash

Dar un paso parece algo simple, casi insignificante, como si el acto en sí no tuviera peso ni trascendencia. Pero en un mundo que nos bombardea con promesas de resultados instantáneos, donde las redes sociales exhiben vidas perfectas en un solo vistazo y las soluciones mágicas se venden en cada esquina, el verdadero desafío no está en dar un paso, sino en entender que un solo paso no es el destino, sino apenas el comienzo. Nos hemos acostumbrado a la gratificación inmediata: un «like» que nos valida en segundos, una entrega que llega en horas, una respuesta que no espera más de un minuto. Y en ese torbellino de inmediatez, hemos olvidado que los pasos que realmente transforman nuestra vida requieren algo más grande: disciplina para mantenernos firmes cuando el entusiasmo inicial se desvanece, constancia para seguir caminando aunque el horizonte parezca lejano, paciencia para soportar la lentitud del progreso y coraje para empezar siquiera, cuando el miedo al largo plazo nos paraliza. Hoy, el primer paso no solo es un acto físico o simbólico, sino una revolución contra la tiranía de lo instantáneo.

Pensemos en cómo hemos llegado aquí. La tecnología, que debería ser una herramienta, se ha convertido en un amo que dicta nuestro ritmo. Si algo no sucede rápido, lo descartamos; si no vemos frutos en días o semanas, abandonamos. Hemos perdido la capacidad de tolerar la incomodidad del proceso, y con ello, hemos enterrado virtudes que alguna vez definieron lo mejor de nosotros. La disciplina, esa fuerza silenciosa que nos empuja a levantarnos cada mañana a pesar del cansancio, se ha visto reemplazada por la búsqueda de atajos. La constancia, ese compromiso de seguir avanzando aunque los resultados no sean visibles, ha sido suplantada por la obsesión con lo viral, lo que «explota» de la noche a la mañana. Y en este escenario, dar un paso se siente inútil, porque hemos comprado la mentira de que el éxito verdadero no requiere tiempo ni esfuerzo, sino un golpe de suerte o una fórmula secreta. Pero la realidad es otra: cada paso cuenta, aunque no lo veamos de inmediato, porque el camino se construye piedra a piedra, no con un salto mágico al final.

Ahora, hablemos de la paciencia, esa virtud que casi parece un insulto en un mundo que premia la velocidad. Esperar se ha vuelto sinónimo de fracaso, como si detenerse a respirar fuera perder el tren del progreso. Sin embargo, los pasos que valen la pena no se miden en minutos ni en días, sino en la capacidad de soportar la incertidumbre. Plantar una semilla y verla crecer toma tiempo; aprender una habilidad nueva exige días de tropiezos; construir una relación sólida no sucede en una sola conversación. La paciencia nos enseña que el valor de un paso no está en su rapidez, sino en su dirección. Y sin embargo, vivimos huyendo de esa verdad, atrapados en la ansiedad de quererlo todo ya. Nos da miedo empezar porque tememos no llegar rápido, pero olvidamos que el verdadero riesgo no está en caminar despacio, sino en no caminar nunca.

El coraje, por su parte, es el combustible que enciende ese primer paso cuando todo lo demás nos dice que no vale la pena intentarlo. Porque sí, empezar da miedo. Dar un paso implica exponernos al fracaso, a la crítica, a la posibilidad de que el camino sea más largo y tortuoso de lo que imaginamos. En un mundo que glorifica los finales felices sin mostrar las cicatrices del viaje, encontrar el valor para movernos requiere desafiar esa narrativa. El coraje no es la ausencia de miedo, sino la decisión de avanzar a pesar de él. Es mirar el abismo entre donde estamos y donde queremos estar, y aun así elegir dar un paso, sabiendo que no veremos el otro lado de inmediato. Y es precisamente ese acto de valentía el que nos rescata de la parálisis de la inmediatez, porque nos recuerda que el poder no está en llegar rápido, sino en empezar.

La disciplina, la constancia, la paciencia y el coraje no son palabras vacías ni reliquias de un tiempo pasado; son los pilares que sostienen cada paso significativo que damos. En un mundo que nos empuja a correr sin rumbo, estas virtudes nos invitan a caminar con propósito. Nos enseñan que el valor de un paso no está en la distancia que recorre, sino en la intención que lo impulsa y en la consistencia que lo respalda. Hoy, cuando todo parece gritar que debemos tenerlo todo ya, dar un paso se convierte en un acto de resistencia. Resistimos la tentación de rendirnos ante lo fácil, resistimos la presión de compararnos con quienes parecen haber «llegado» antes, resistimos la urgencia de saltarnos el proceso. Y al hacerlo, redescubrimos que el verdadero triunfo no está en la meta, sino en el acto de seguir caminando.

Entonces, ¿qué hacemos con esto? Quizá el primer paso sea simplemente aceptar que no todo será instantáneo, que el mundo puede girar a mil por hora, pero nosotros no tenemos por qué seguirle el ritmo. Tal vez sea decidir que hoy, solo por hoy, daremos un paso pequeño, pero consciente: una línea escrita, un hábito iniciado, una conversación sostenida, un «no» a la prisa. Y luego, mañana, daremos otro. No porque el resultado esté garantizado, sino porque el acto de avanzar, con disciplina, con constancia, con paciencia y con coraje, es en sí mismo una victoria. En un mundo obsesionado con la inmediatez, los pasos lentos y firmes son el mayor acto de rebeldía, y también la mayor prueba de que todavía creemos en algo más grande que el ahora. Así que da un paso, y luego otro, porque el propósito no se encuentra en el final, sino en el camino.

Un fuerte abrazo y siempre lo mejor, 

Rodrigo Baccaro.

P.D. Este post se lo dedico a mi hijo Rodrigo, ayer dio un paso significativo en su vida y recibió por primera vez el cuerpo de Cristo. Que Dios y La Santísima Virgen te bendigan hijo y que este sea uno de los muchos grandes pasos que vas a dar en tu vida. Teamo con todo mi ser. 

Rodrigo Baccaro Sánchez 01/03/2025. Primera Comunión Parroquia de San Judas Tadeo con el Padre Axel.

Author: rodadmin

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