Trabajo – ElPropósito3 min read

Lo que solo se entiende cuando se sale de la oficina

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Jordan Peterson propone, en el libro Más allá del orden, una regla que me gusta mucho: trabaja tan duro como puedas en al menos una cosa y mira qué ocurre. No garantiza el resultado. Propone una prueba. Elegir algo. Poner ahí el peso de todo lo que pensemos y hagamos. Sostenerlo el tiempo suficiente para que el esfuerzo deje de ser hipótesis. El trabajo, entendido así, no es ocupación. Es el lugar donde una vida se entera de lo que es capaz.

Norman Borlaug (premio Nobel y del cual mi papá tuvo por años una frase en su oficina)lo dijo con otra frase: “para hacer producir es necesario salir de las oficinas, internarse en el campo, ensuciarse las manos y sudar. Es el único lenguaje que entienden el suelo y las plantas”. Hay un tipo de trabajo que se queda en el anuncio, en el tablero, en la reunión que simula avance. Y hay otro que acepta el contacto con lo real: lo que no sale como se planeó, lo que se resiste, lo que solo responde cuando uno se acerca lo suficiente como para ensuciarse.

El liderazgo hace esa exigencia más dura porque el camino es, en buena medida, solitario. Quien dirige decide con información incompleta, carga consecuencias que no puede repartir del todo (por su accountability) y sostiene una dirección cuando el ánimo del entorno ya cambió. Esa soledad no es un defecto del cargo. Forma parte de él. El problema empieza cuando la soledad se vuelve aislamiento: cuando ya no hay con quién pensar, cuando nadie se atreve a devolver una pregunta y cuando el líder termina trabajando mucho… pero cada vez más lejos del campo de batalla.

De nada sirve la intensidad si se aplica a diez frentes a la vez. De nada sirve “estar en el campo” un rato, para la foto, y desaparecer cuando aparece la fricción. El trabajo que transforma pide dirección y contacto. Quien se reserva un poco en cada proyecto no se protege. Se fragmenta. Quien dirige desde lejos y llama a eso visión no está viendo. Está evitando el único lenguaje en el que las cosas ocurren.

Hay que decirlo sin romanticismo. Ni el esfuerzo ni el acompañamiento autorizan el agotamiento como medalla. Tampoco convierten en virtud cualquier meta. Hay trabajos que solo alimentan la vanidad y hay oficios que ordenan una vida. La pregunta no es cuánto se puede aguantar. Es en qué vale la pena descubrir el propio límite. Peterson deja la puerta abierta a propósito: mira qué ocurre. El propósito sirve de filtro. Sin él, uno puede sudar mucho y aun así estar evadiendo lo que de verdad le corresponde.

Al final, trabajar de verdad es aceptar un límite, un contacto y una soledad que no tiene por qué volverse destierro. Una cosa, no diez. Puede que no llegue el premio imaginado. Puede que lo que se transforme no sea el proyecto, sino quien se atrevió a salir, a sostener y a no hacer ese camino enteramente a solas.

Fuerte abrazo y siempre lo mejor,

Rodrigo Baccaro

Author: rodadmin

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