Mérito – ElPropósito4 min read
Cuando alguien decide pagar el precio completo

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Hoy se puede ya circular por la nueva carretera Xochi en Mazatenango Guatemala. Esta carretera que acaba de abrirse en la Costa Sur de mi país no apareció por decreto o por iniciativa de ningún gobierno. Curiosamente también esta semana se hizo la Oferta Pública Inicial (IPO por sus siglas en inglés) de la empresa Space X de Elon Musk. Tampoco fue por decreto este lanzamiento al mercado público de esta empresa que ha empujado los límites de lo posible en el espacio. Ambas son el resultado visible de años de decisiones acumuladas, capital arriesgado, ingeniería aplicada y persistencia ante lo desconocido.
El mérito no es un concepto abstracto ni un premio de consolación por participar. Es la brecha que existe entre la intención y el resultado concreto (ojo resultado concreto, entrega de valor) cuando alguien decide asumir el costo completo del intento. Quien invierte tiempo, recursos y reputación en construir algo que antes no existía sabe que cada kilómetro de asfalto o cada prototipo fallido representa horas invisibles de cálculo, negociación y corrección. No hay atajo que preserve la calidad de lo construido. Espero nunca se nos olvide las 5 hora de colas en un tramo de unos cuantos kilómetros o que antes no teníamos la posibilidad de tener internet satelital como el starlink de hoy, que llega a cualquier rincón del planeta.
En Zamorano, donde estudié, el lema Labor Omnia Vincit no era una frase decorativa en la entrada al edificio principal. Es el pulso diario de todo estudiante y de todo graduado: “el trabajo todo lo vence”. No promete facilidad, sino que afirma que el esfuerzo sostenido transforma la tierra en cosecha, problema en solución y potencial en trayectoria. Esa convicción no descarta la suerte ni las condiciones iniciales; simplemente las coloca en su lugar correcto: como variables, no como excusas definitivas.
Lo curioso es cómo, ante realizaciones de este calibre, surge con rapidez una reacción que parece ignorar el camino recorrido. En lugar de examinar qué combinación de visión, disciplina y ejecución permitió llegar hasta ahí, aparece la tentación de reducirlo todo a algo que debe ser redistribuido o frenado. Esa visión de la vida en muchas personas pasa por alto que el valor creado (mejores conexiones logísticas para productores, avance tecnológico que beneficia a industrias enteras, etc etc) no surge de la nada como por arte de magia, sino de la capacidad de unos pocos de llevar cargas que la mayoría prefiere no asumir, como muchos políticos y como muchos gobiernos.
El mérito, en su esencia, exige reconocer que el resultado no es un derecho automático, sino una consecuencia. Quien lo alcanza suele haber pagado en soledad el precio de los errores tempranos, de las noches sin certeza y de la responsabilidad final cuando todo podía fracasar. Atribuir ese resultado únicamente a circunstancias externas es, en el fondo, una forma sutil de negar la agencia humana. Es más cómodo creer que el éxito ajeno fue cuestión de privilegio que aceptar que nuestra propia consistencia podría haber cerrado parte de esa distancia.
Esto no significa que todo esfuerzo garantice recompensa proporcional. La vida incluye azar, “timing” y contextos que escapan al control. Pero sí significa que descartar el mérito como explicación central equivale a erosionar el motor que mueve el progreso real: la convicción de que invertir el presente con rigor vale la pena. Cuando se diluye esa convicción, lo que se erosiona no es solo la motivación individual, sino que surge lo que Vargas Llosa llama “el llamado de la tribu”.
Al final, el verdadero respeto al mérito no está en aplaudir solo los resultados espectaculares. Está en cultivar, en lo pequeño y lo grande, la disciplina que los hace posibles. En preguntarnos diariamente si estamos dispuestos a pagar el precio que exige aquello que decimos querer.
¿En qué ámbito de tu vida sigues postergando el costo completo del intento, esperando que las condiciones sean más favorables?
Fuerte abrazo y siempre lo mejor,
Rodrigo Baccaro
