Decidir – ElPropósito4 min read

La diferencia entre tropezar y aprender a caminar con propósito

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Repetir malas decisiones no es solo un patrón de comportamiento; muchas veces es un síntoma de cómo la mente intenta evitar dolor inmediato aun sabiendo que ese mismo dolor sin enfrentar conduce a sufrimiento mayor. Las malas decisiones frecuentes no reflejan necesariamente ignorancia, sino una lucha interna entre lo que se sabe que conviene y lo que la mente busca como alivio temporal. El desafío no es solo decidir bien una vez, sino sostener esa decisión cuando la emoción, la inercia y la comodidad empujan en dirección contraria.

Uno de mis autores favoritos es Jordan Peterson. Una de las formas en que Peterson explora esta dinámica está en su interpretación de la narrativa del Jardín del Edén. En ese relato arquetípico, los primeros seres humanos eligen un fruto que no debían tomar, y con ello su “ojos se abren” al conocimiento del bien y del mal. Ese conocimiento implica también tomar conciencia de la vulnerabilidad propia y del mundo, pero paradójicamente esa apertura conduce tanto a mayor conciencia como a potencial para elegir mal repetidamente. La conciencia de la propia fragilidad y de lo que es malo es también lo que habilita que se puedan tomar malas decisiones una y otra vez, porque conocer el mal no necesariamente implica evitarlo. 

Este patrón se observa en la vida cotidiana: una persona puede reconocer cuál es la decisión que le ayudaría a largo plazo, pero vuelve a elegir lo cómodo, lo inmediato o lo conocido. No se trata de ignorancia, sino de empatía con el propio temor al dolor y a la incertidumbre. La repetición de malas decisiones puede ser una forma de autoprotección contra la posibilidad de enfrentar consecuencias complicadas, aunque paradójicamente esa estrategia termina acumulando daño. Cambiar este patrón exige enfrentar lo que se teme, no solo conocerlo.

Para romper este ciclo, muchas veces es necesario “tocar fondo” de una manera consciente: reconocer no solo que se falla, sino qué se está evitando con cada mala elección. La verdad sobre uno mismo (lo que se quiere, lo que se teme y lo que se esquiva) solo sale a la luz cuando se detiene la reacción automática y se examina con honestidad. Esto exige coraje: mirar sin justificarse, asumir responsabilidad (accountability, mi palabra favorita) y hacer lo que se sabe que se debe hacer aunque no sea confortable.

En el mundo empresarial ocurre algo similar que observo constantemente. Una empresa que repite malas decisiones estratégicas muchas veces lo hace no por falta de conocimiento técnico, sino por incapacidad de enfrentar realidades incómodas: mercados cambiantes, cultura deficiente, liderazgo reactivo. Cuando una organización posterga decisiones difíciles, el dolor a corto plazo se convierte en sufrimiento a largo plazo. La repetición de malas decisiones operativas o estratégicas genera pérdida de credibilidad, desgaste de equipos y, eventualmente, puede encaminar a la quiebra (generalmente esto es lo que sucede). Una empresa madura es aquella que se obliga a mirar sus puntos ciegos y tomar decisiones difíciles antes de que las consecuencias sean irreversibles.

Los equipos también replican este patrón. En la vida en grupo, las malas decisiones repetidas provienen de dinámicas emocionales: miedo al conflicto, conformismo, resistencia al feedback honesto. Cuando un equipo no enfrenta la verdad de sus resultados y sus procesos, insiste en recetas que no funcionan. El dolor de “reconfigurar” roles, prioridades o responsabilidades se posterga, y las mismas ineficiencias se naturalizan. La forma de romper este círculo es crear hábitos de reflexión: revisar decisiones pasadas sin culpas, extraer lecciones claras y comprometerse con acciones distintas.

Tomar buenas decisiones no es un acto aislado, sino un proceso sostenido. En primer lugar, requiere autoobservación consciente para reconocer los propios patrones de evitación y miedo. En segundo lugar, exige responsabilidad para enfrentar las consecuencias de acciones pasadas y asumir el esfuerzo de corregir el rumbo. En tercer lugar, implica establecer prácticas deliberadas de reflexión que conviertan la experiencia en sabiduría funcional. La diferencia entre tropezar y avanzar es que quien aprende no solo reconoce el error, sino que redefine sus hábitos de decisión en función de lo que realmente importa.

Decidir bien requiere enfrentar la realidad interna con serenidad y valentía, y no retroceder ante el primer síntoma de incomodidad. La transformación no se produce porque una persona o una organización diga que quiere cambiar; se produce cuando, repetidamente, se hace lo correcto aun cuando duela. Eso convierte el conocimiento en sabiduría y la intención en resultados. ¿Qué patrón de malas decisiones se repite en tu vida o en tu organización?, Qué costaría aceptar ese patrón con honestidad para entonces decidir de manera diferente?

Fuerte abrazo y siempre lo mejor, 

Rodrigo Baccaro 

Author: rodadmin

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