Temple – ElPropósito7 min read
Fuerza serena que forja caminos

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Los domingos cargan un peso especial: para muchos, marcan el umbral entre el descanso y la tormenta que trae el lunes. Es un día que a menudo se tiñe de ansiedad, con la mente ya acelerada por las demandas de la semana que comienza. Por eso, escribir en domingo transforma ese preludio de estrés en un espacio de reflexión y fortaleza. El poema «Si» de Rudyard Kipling traza un camino para ello, especialmente para quienes lideran —dueños de empresas, cabezas de equipo, visionarios que sostienen no solo su propio propósito, sino el de otros—. Kipling describe a alguien que mantiene la cabeza fría cuando todo se tambalea, que confía en sí mismo cuando las dudas lo rodean. Para un líder, esto resuena como una verdad silenciosa: el propósito no se desvanece ni en las noches inquietas del domingo ni en las pruebas del lunes.
El poema presenta el triunfo y el desastre como impostores, una idea que encuentra eco en el liderazgo. Quien dirige una empresa o un equipo sabe que los días de victoria pueden engañar tanto como los de derrota. Un domingo soleado, con planes alineados y metas alcanzadas, a veces oculta trampas sutiles; un domingo gris, con problemas acumulados y un lunes incierto, pesa como una sombra densa. Kipling apunta a un propósito que trasciende esos vaivenes. Para el líder, el temple se manifiesta en esa capacidad de no envanecerse con el éxito ni hundirse en el fracaso: la mirada permanece en la misión, en esa chispa que lo llevó a emprender o a tomar las riendas. Las decisiones del lunes —y de toda la semana— nacen de cómo el domingo ordena ese foco interno.
Soñar sin ser esclavo de los sueños, pensar sin estancarse en la mente: así describe Kipling una existencia equilibrada. Para quien lidera un equipo, los domingos no pertenecen solo a uno mismo; son un lienzo para imaginar el futuro de quienes dependen de esa visión. El propósito no se limita a las grandes estrategias bosquejadas en la quietud del fin de semana; también habita en las pequeñas decisiones que enfrentan el lunes: cómo se responde al equipo, cómo se encara lo imprevisto. El temple del líder se revela en esa tensión entre el sueño y el hacer, entre trazar el rumbo y adaptarse al cambio. El domingo se convierte en un terreno de claridad, donde el caos del lunes comienza a tomar forma.
Llenar «el minuto implacable con sesenta segundos de distancia recorrida» pinta una escena que resuena con cualquier líder. El domingo, con su mezcla de calma y urgencia, encarna ese minuto implacable: un instante donde las prioridades se alinean antes de que el reloj del lunes gire sin pausa. Quien dirige una empresa conoce el valor de cada segundo: una llamada pendiente, un correo que marca el tono de la semana, un gesto que sostiene al equipo. En tiempos difíciles, cuando los resultados escasean o las presiones se amontonan, ese minuto se alarga como una eternidad; en días de bonanza, se desliza veloz, casi imperceptible. Kipling evoca a alguien que domina el tiempo, que lo convierte en un reflejo de su visión, sin importar lo que el lunes depare.
El poema también retrata a quien arriesga todo en un solo lanzamiento y, al perder, recomienza sin lamento. Para el líder, esto refleja una realidad constante: apostar por una idea, un proyecto, un equipo, sabiendo que el fracaso acecha. El domingo ofrece un espacio para medir esas apuestas, para contemplar el próximo paso. Cuando los planes se derrumban, la tentación de la autocompasión o la culpa aparece, pero Kipling exalta a quien suelta el pasado y reconstruye con lo que queda. El dueño de una empresa encuentra su temple en esa capacidad de levantarse, de guiar al equipo hacia adelante tras el tropiezo. El propósito no esquiva los riesgos, y el domingo lo subraya como un eco persistente.
En los momentos de abundancia, cuando el éxito parece asentarse, el poema señala el peligro de la arrogancia. Kipling dibuja a alguien que camina con reyes sin perder el toque común, una figura de humildad y raíz. Para el líder, un domingo de triunfo trae su propia prueba: todo funciona, el equipo avanza, los números cierran. Pero el propósito no se trata de elevarse sobre los demás, sino de que esas victorias sostengan a quienes lo rodean. El temple del líder trasciende lo personal y se vuelve colectivo: se fortalece al incluir al equipo, a los socios, a los clientes en esa visión. El domingo aterriza esa abundancia, moldeándola en algo más allá del ego.
Por último, «Si» promete que, al encarnar estas virtudes, «tuya será la Tierra y todo lo que hay en ella». No habla de posesión tangible, sino de una plenitud interior, de una vida fiel al propósito. Para el líder, el domingo no es solo el preludio al lunes, sino un reflejo de quién es frente a lo que hace. En las tormentas o en la calma, en el fracaso o en el éxito, el temple tiende un puente hacia esa tierra prometida: una existencia plena, un equipo unido, una empresa que encarna una visión. El domingo, con su peso y su quietud, resuena como un recordatorio de que el propósito guía como una brújula, más allá del lunes que espera.
Fuerte abrazo y siempre lo mejor,
Rodrigo Baccaro
P.D. Este post se lo dedico a todas aquellas personas a quienes les he aprendido más que nada su temple y su forma de ver la vida en cualquier circunstancia. Un abrazo con todo mi aprecio, cariño y admiración.
«Si» de Rudyard Kipling
Si puedes mantener la cabeza cuando todos a tu alrededor
la pierden y te culpan por ello;
si puedes confiar en ti mismo cuando todos dudan de ti,
pero también aceptar sus dudas;
si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o, siendo engañado, no responder con engaños,
o, siendo odiado, no dar paso al odio,
y aun así no parecer demasiado bueno ni hablar con demasiada sabiduría:
Si puedes soñar y no hacer de los sueños tu amo;
si puedes pensar y no hacer del pensamiento tu único fin;
si puedes enfrentarte al Triunfo y al Desastre
y tratar a esos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar escuchar la verdad que has dicho
tergiversada por villanos para tender una trampa a los necios,
o ver roto lo que diste tu vida por construir,
y agacharte y reconstruirlo con herramientas desgastadas:
Si puedes hacer un montón con todas tus ganancias
y arriesgarlo todo en un solo lanzamiento audaz,
y perder, y empezar de nuevo desde el principio
y nunca decir una palabra de tu pérdida;
si puedes forzar tu corazón, tus nervios y tendones
a seguir adelante mucho después de que se hayan agotado,
y así resistir cuando no queda nada en ti
salvo la Voluntad que les dice: «¡Sigan!»:
Si puedes hablar con las masas y mantener tu virtud,
o caminar con reyes sin perder el toque común;
si ni los enemigos ni los amigos queridos pueden herirte;
si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado;
si puedes llenar el minuto implacable
con sesenta segundos de distancia recorrida,
tuya será la Tierra y todo lo que hay en ella,
y —lo que es más— ¡serás hombre, hijo mío!
