Un barco – ElPropósito4 min read

El Tesoro de la amistad

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Ayer sábado asistí a la boda de un colega (y su ahora queridísima esposa) con quien estudié en INCAE Costa Rica hace ya 17 años. No fue solo una celebración del amor entre dos personas, sino también un reencuentro con varios compañeros de esa época. Mientras manejaba de regreso hoy, con el paisaje deslizándose por la ventana, mi mente se detuvo en una idea que parecía conectar todo: el barco de Teseo. Ese viejo enigma filosófico sobre un navío que, al reemplazar cada una de sus tablas con el tiempo, me hizo preguntarme si sigue siendo el mismo barco. Pensé en mi amistad con ellos y cómo ha cambiado, evolucionado, pero en el fondo sigue siendo la misma.

En este grupo, el tiempo ha dejado su marca. Las charlas en la boda no giraron tanto alrededor de teorías de administración o casos de estudio, como hace casi dos décadas, sino sobre hijos, carreras consolidadas, mudanzas a otros países y las arrugas que ahora veo en el espejo. Cada uno de nosotros ha reemplazado partes de sí mismo: nuevas prioridades, nuevas ciudades, nuevas versiones de lo que éramos. Pero al reunirnos, algo del barco original emergió intacto. Las risas, las anécdotas compartidas y esa sensación de entendimiento mutuo eran como las tablas que nunca se cambiaron, las que mantienen a flote la nave de nuestra amistad.

El barco de Teseo, con su paradoja, me lleva a reflexionar sobre la identidad. Si todo cambia, ¿qué queda? En la mitología, el barco seguía navegando porque cumplía su propósito, sin importar cuántas piezas nuevas lo sostuvieran. Nuestra amistad parece seguir un rumbo parecido. No es que hayamos evadido el paso del tiempo ni las tormentas de la vida; más bien, hemos dejado que el desgaste ocurra y hemos reconstruido lo necesario. El propósito de estar juntos, de ser testigos unos de otros, ha sido el timón que guía esta embarcación, incluso cuando los vientos han soplado fuerte.

En la boda de ayer, las conversaciones fluían entre el pasado y el presente, como si el tiempo no hubiera erosionado la confianza que alguna vez nos unió. Tuvimos tiempo de compartir todo tipo de anécdotas, y es que, esos momentos, como tablones viejos del barco, ya no están físicamente presentes, pero su huella sigue en la estructura. Nuestra amistad ha evolucionado: ahora incluye esposos, hijos y responsabilidades que antes no existían. Pero el núcleo, esa sensación de pertenencia, sigue siendo reconocible, como si el diseño original del navío aún se pudiera trazar bajo las capas de pintura nueva.

El propósito, entonces, se convierte en el hilo que conecta la paradoja del barco con lo que vivimos ese día. Suelo explorar cómo las cosas encuentran sentido en su función, en lo que persiguen. Esta amistad no se mide solo por la frecuencia de los encuentros —que el tiempo y la distancia han espaciado—, sino por su capacidad de seguir siendo refugio, espejo y memoria colectiva. Cada tabla reemplazada en nuestras vidas no ha alterado el rumbo del barco, porque el propósito de navegar juntos, aunque sea en mares distintos, sigue intacto.

Mientras manejaba de vuelta hoy, con el sol brillando sobre las montañas, me di cuenta de que el barco de Teseo no es solo una metáfora de cambio, sino también de resistencia. Nuestra amistad, como ese navío mítico, soporta tempestades y reparaciones porque hay algo en su diseño que trasciende las piezas individuales. En la boda, los abrazos y las miradas cómplices no necesitaron explicaciones; eran la prueba de que, aunque los años hayan pulido los bordes y añadido nuevas capas, la estructura sigue en pie. No es la misma de hace 17 años, pero sigue siendo nuestra amistad.

Al final, el vínculo entre el barco de Teseo, la amistad y el propósito se dibuja en la idea de continuidad. En ese trayecto de regreso hoy, pensé en cómo la vida reemplaza partes de nosotros y de nuestras relaciones, pero el viaje no se detiene mientras haya un destino que valga la pena. La boda de ayer fue un puerto temporal donde el barco atracó, permitiéndome ver que, aunque las velas sean otras y el casco haya sido remendado, la esencia del trayecto permanece. Y mientras escribo esto, no puedo evitar pensar en Salvador y Eleana, los protagonistas de este fin de semana: les deseo un viaje juntos lleno de mares tranquilos y tormentas que fortalezcan su nave, un matrimonio que sea tan resistente y fiel a su propósito como este barco de amistades que ayer los celebró. A mis colegas, un abrazo fuerte de despedida, con la certeza de que nos volveremos a encontrar en algún otro puerto.

Fuerte abrazo y siempre lo mejor, 

Rodrigo Baccaro

Author: rodadmin

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