Magnanimidad – ElPropósito4 min read
La grandeza que no necesita estar al ciento por ciento todo el tiempo

Hace poco vi un video del P. Ignacio Amorós, en su canal Se Buscan Rebeldes. Por eso quiero escribir hoy de esto. El padre recuerda que la ansiedad no es solo un malestar: es un estrecharse del alma, un miedo desordenado al futuro, la pretensión de cargar hoy lo que solo Dios sostiene mañana. Y frente a esa angostura propone la magnanimidad: extender el ánimo hacia lo grande. La palabra viene del latín magnanimitas: magnus, grande, y animus, alma. Grandeza de alma. No voltaje. No la exigencia de estar siempre al ciento por ciento. Esa exigencia es falsa. El cuerpo tiene límite. La mente también. La fe no pide un estado de ánimo permanente. Pide una disposición: no achicarse cuando la vida no colabora.
La incertidumbre forma parte del camino. Los retos no piden permiso. Lo que sí se puede revisar es la preocupación innecesaria: anticipar desastres, multiplicar escenarios, confundir vigilancia con angustia. Preocuparse no es lo mismo que hacerse cargo. Lo primero agota y no mueve. Lo segundo examina, decide y sigue. El P. Amorós lo dice con una precisión que conviene no olvidar: Dios no da hoy la gracia para la cruz de dentro de un año. Da la gracia para hoy. Querer ser la propia providencia estrangula. Un propósito claro no elimina la niebla. Devuelve las proporciones. Distingue lo que merece atención de lo que solo está ruidoso.
Lo digo desde donde camino: soy católico, apostólico y romano. Creo que Dios no nos coloca en el mundo por accidente. Nos manda a cumplir un propósito (y por eso a mi blog se llama como se llama), y averiguarlo no es un ejercicio opcional de desarrollo personal. Es una obligación. No se improvisa en una frase bonita. Se discierne con oración, con trabajo, con los sacramentos, con la vida concreta y con la honradez de mirar lo que uno evita. El norte no lo inventamos por comodidad. Lo recibimos y lo vamos reconociendo. Esa misión de hoy (ser padre, esposo, profesional, cristiano en lo concreto de estas horas) es, precisamente, lo que impide que el alma se encoja del todo.
En ese discernimiento, la Virgen María es una maestra de ánimo verdadero. Su «hágase en mi su voluntad» no fue euforia. Fue entrega. No le pidieron estar radiante. Le pidieron disponibilidad. Hay una forma de entusiasmo que no se parece al júbilo constante: es la fidelidad de quien sigue, aunque el día haya sido áspero. La paz de al final no es la prueba de que todo salió bien. Es la de haber permanecido, lo más posible, en lo que se debía.
Un camino de propósito no promete felicidad ininterrumpida. Promete otra cosa, más sobria y más sólida: la posibilidad de terminar el día en paz, incluso en situaciones duras. No porque el dolor se niegue. Porque el dolor deja de ser el dueño de la brújula. Quien solo persigue sentirse bien se quiebra cuando la vida aprieta. Quien se sostiene en un para qué (y, para un cristiano, en Alguien que ese Alguien es Dios) puede estar triste, cansado o preocupado, y aun así no perderse del todo. Esa es una forma de grandeza discreta.
También hay que hablar de cuando uno se equivoca. No de la falta leve que se justifica en cinco minutos, sino de lo que de verdad desvía: la palabra dicha mal, la omisión, el orgullo, el daño. Recapacitar no es flagelarse. Es mirar sin maquillaje, pedir perdón donde corresponda, confesarse si hay pecado, y corregir el rumbo con hechos. Como el Evangelio de este domingo: un padre manda a sus dos hijos a la viña. Uno dice que sí y no va. El otro dice que no, recapacita y va. El que cumple no es el que prometió mejor. Es el que enmendó el rumbo. El propósito ayuda porque no nos deja instalados en la culpa ni en la pose de quienes siempre dijeron “sí” y no se movieron. Devuelve a la viña.
Mantener el entusiasmo, entonces, no es fabricar un estado. Es cuidar una dirección. La magnanimidad acepta no estar al ciento por ciento y, aun así, no entregar el día a la queja. Pide a Dios y a la Virgen lo que uno no puede darse solo. Trabaja. Repara cuando ha fallado. Sigue. Al final, la paz no llega por haber controlado la incertidumbre. Llega por no haber abandonado el encargo de hoy.
¿Hay algo que ya sabes que debes corregir y estás posponiendo en nombre de un entusiasmo que, en realidad, no tienes?
Fuerte abrazo y siempre lo mejor,
Rodrigo Baccaro
